22 de abril de 2008

El Antropólogo Inocente


Las crónicas parecen haber abandonado las bateas. Solo resisten a esta realidad algunos viejos títulos que es necesario solicitar al librero amigo por su reposición para lograr una lectura de este tipo. El mundo, o eso que las editoriales creen el mundo, ahora prefiere las novelas históricas, medianía sin compromiso que excusa su falta de rigor histórico en favor de una chata literatura que se sostiene apenas en la misma falta de rigor anterior, bonito circulo que sospechan virtuoso aquellos que no cuentan con los suficientes documentos ni la necesaria elegancia como para extremar su obra (Se pueden esgrimir dignísimas refutaciones a estos, mis últimos dichos, citando por ejemplo, algo de la obra de Graves pero permítanme pretender la miopía del presente).
La crónica tiene algo de ‘road movie’, pero no se aprovecha de las persecuciones. Tiene mucho de biografía pero evita detalles innecesarios o estentóreos comentarios Boswellianos. La crónica obliga una, y excúsenme por utilizar semejante combinación hoy ya caída en oxímoron, rigurosidad periodística, pero también requiere de una gracia y ritmo de la que bien pueden prescindir los relatos formalmente informativos, como habitualmente lo hacen. Tal vez por estas implicaciones el género ha sido casi abandonado en la actualidad. Sin embargo, para mi grata sorpresa, alguien me acerco un libro genial* aun no envejecido aunque cuenta ya con algo más de veinte años de publicado.
Para agregar aun más dificultad, el autor, un antropólogo inglés, refiere su crónica a sus días en Camerún, durante un trabajo de investigación etnográfica con la tribu dowayo, siendo este ultimo detalle tan, sino más, infrecuente hoy en día como el género literario al que se entrega, pues la etnografía, o al menos la parte más incomoda de dicha ciencia y por tal la más interesante supongo, está destinada a desaparecer en manos de la globalización, las comunicaciones, y las cadenas francesas de hipermercados.
Nigel Barley, se doctoró en antropología en Oxford, fue (o es quizás) docente de dicha casa de estudios, y es conservador especializado en Africa septentrional del British Museum. Habiendo pasado algún tiempo como investigador de escritorio, se propuso realizar un trabajo de campo, y para ello eligió, algo convencido por propios y extraños, el estudio de una tribu del Camerún llamada Dowayo. En el libro relata, de un modo particularmente divertido, las aventuras y desventuras con esta gente, con la burocracia del gobierno camerunés, con su propio aburrimiento, y hasta, como referencia mínima pero menos que tangencial, con la Italia ‘civilizada’ con la que se encuentra al regresar de su viaje. El impacto del choque de culturas, más evidente para él mismo que para sus hospedantes; su relación con el jefe de la tribu; sus diferencias intestinales con el arte culinario local; las dificultades de despertar algún interés como para lograr relatos ricos en detalles importantes sobre cosas que para esta gente eran habituales y hasta obvias, y para el investigador son datos centrales de la investigación; sus estudios lingüísticos, sus viajes a la ‘ciudad’ en el jeep al que dedico el libro; y todo esto, sin perder de vista el objeto de la investigación. Un libro apasionante y de fácil lectura, por su gracia y ritmo, que sin embargo, atesora profundas reflexiones acerca de la singularidad de los pueblos.

*Gracias Manu

17 de abril de 2008

Fiesta


Coincido con eso que dicen de que lo mejor de Hemingway son los cuentos, incluso a riesgo de coincidir, entre tantos otros, con la literatura y los prólogos de García Márquez. Coincido en que algunas novelas de Hemingway son en realidad cuentos estirados, casi, hasta un hartazgo que puede llevarnos a abandonarlas cuando aun nada ha sucedido, pero sin embargo, algunas veces la extensión, potencialmente infinita, de las novelas, puede ser una herramienta deliciosa para contar, con ese estilo escueto y brutal, cuan maravilloso puede ser eso que sospechamos insoportable, y allí es cuando Hemingway despliega su verónica y es capaz de mantenernos girando alrededor de su talento por horas, sin sospechar nosotros, que luego, al caer la capa, nos espera la espada, o sospechándolo quizás, y aun así, o quizás por eso, permanecemos girando buscando ese cuerpo que la pericia esconde y el viento no desnuda.
Fiesta es un tercio, un tercio que no espera ni merece San Isidros, el primero de ellos. Ese tercio en el que la lucidez es lucirse, y el que nos hace olvidar de que luego la espada, y ya no una cornada, nos hará volver a casa con el estomago recién cosido y lleno de horror y aserrín. Fiesta inaugura las novelas (casi crónicas) acerca de los toros, pero afortunadamente y esta fortuna no va en detrimento del tema-composición ‘Las corridas’, habla de mucho más. Habla de eso que luego llamarían ‘la generación perdida’ aunque la sociedad protectora de animales sospeche que habla de tomentos innecesarios y crueles inflingidos por brutales hombres, desayunándose estos así con la brutalidad del hombre, que a capa y espada ultiman a un indefenso animal. La belleza y la verdad son una misma cosa, Keats lo sabía, pero no pidamos a tristes funcionaros, que no pretenden serlo, que lo comprendan. Fiesta (publicada en inglés como The Sun Also Rises), vio la luz de la imprenta en 1927, cuando el mundo aun no había superado la Gran Guerra, cuando Hemingway aun no había superado a Fitzgerald, y cuando París todavía no sospechaba una invasión. Es un recorrido de exiliados que nace en ese París, aun soberbio y renaciente, de rive gauche y finaliza en Pamplona. Un viaje en el que participan hombres desilusionados que buscan algo que, saben, no encontrarán, pero aun así lo hacen, más que nada por el orgullo de no tener ninguna otra cosa mejor que hacer que crear un destino bohemio. Allí va un soldado (que en realidad no ha combatido nunca, un muchacho de diecinueve años que repartía chocolates a las tropas, y aquí no lo confiesa), y una enfermera que lo enferma, y allí también camina un ex boxeador y los toros y ese torero, que todos somos, pero por sobre todos ellos, flota la desilusión.
Luego llegaría Muerte en la Tarde y el Verano Peligroso para completar esta trilogía, que no lo es, acerca de las corridas de toros. Pero Fiesta, con sus bellísimas descripciones, con esa colorida fotografía de una generación en sepia, con la arena llena de sangre, con esa renuncia a las formas y el estilo en favor de los hechos y en contra de Pound y Stein, abriría un nuevo universo a la literatura del gran escritor americano, mezclando la síncopa con la literatura.

5 de diciembre de 2007

Licencias

Evitaré esos prólogos sospechosos que pretenden anticipar una suspicaz requisa a por venir que aun nadie esgrimió. Seré conciso, y escueto espero, para evitar esas justificaciones que no se necesitan, pero sin embargo, no puedo evitar ese horror de no saber como comenzar, y solo para saltar semejante verja es que les contaré el porque.
Sospecho poder evitar de este modo esa crucial pregunta, que espera una respuesta aun más crucial, esa que me hacen con cara inocente, inquisidora, aturdida, o desorientada, o todo eso a la vez, según mis estadísticas una vez por quincena, considerando con una dosis innegable de sobreestima que puedo ayudarlos a evacuar sus dudas, a saber: “¿Qué me recomendás para leer en mis vacaciones?” O esa otra, que es la misma: “Quiero leer una novela y no sé cual, ¿Me recomendás alguna?”, pero más aun, o por sobre todo, para evitar mi sentida y concienzuda respuesta, también recurrente: “No sé”. Entonces es que decidí probar de este modo, más simple, yo les cuento, y si ustedes quieren, elijen.
Pero recuerden, un libro leído, es uno menos a por leer, así que sean cuidadosos en sus elecciones.